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11 GASTRONOMÍA Y ARTESANÍA TÍPICA

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Al margen de su renombrado y destacado interés cultural, Santillana también contiene otros muchos atractivos para el visitante más mundano. Un recorrido por la villa significa también poder disfrutar de una amplia oferta gastronómica y comercial.

Plagada de tiendas de artesanía de cobre y cerámica, de comercios de alimentación tradicional, de restaurantes y de recuerdos más o menos típicos Santillana ofrece un trasiego bullicioso de artículos turísticos que hacen las delicias de los viajeros convencionales, siempre ansiosos por adquirir un objeto material en forma de trofeo emocional de la visita.

Artesanos y ceramistas exponen sus objetos en vistosos escaparates y algunos muestran también sus talleres, lo que supone un aliciente añadido para reconocer la maestría de estos artesanos, prolíficos en la villa. Los objetos medievales, como no podía ser menos, también tienen su lugar destacado en la oferta comercial, así como los productos típicos y un sinfín de objetos alusivos a Santillana. Con reclamos a cada paso es difícil no caer en la tentación de adquirir un recuerdo de este mágico lugar. Y menos aún, si la vista reposa en alguna de las obras de los magistrales ebanistas, verdaderos artistas de la madera, que evidencian, en cada tallado, un considerable trabajo y una sensibilidad digna de mérito. Los visitantes suelen valorar especialmente las obras que conjugan la habilidad artesana con los motivos medievales, así como los escudos, reproducciones de edificios históricos, etc.

Por el mismo motivo, resulta complicado rehusar probar otro de los reclamos turísticos de la villa: El famoso bizcocho con leche, típico de la villa. Este dulce, elaborado con huevos, harina, azúcar y una corteza de limón, es lo más característico y propio de Santillana, aunque la oferta gastronómica es mucho más amplia, ya que abarca la mayoría de productos de Cantabria. Así, los restaurantes ofrecen una notable gama de pescados (bonitos, sardinas, lubinas, doradas, merluza…), carnes de vacuno de extraordinaria calidad, entre los que destacan los chuletones de tudanca, y una variada oferta de quesos de la tierra. Otros sabrosos guisos que se pueden degustar en los numerosos locales hoteleros de la villa son los maganos (calamares), la merluza en salsa verde, el sorropotún y el pez espada al horno. En cuanto a los primeros platos, los más típicos son la sopa o las habas a la montañesa con judías verdes, además del tradicional cocido montañés.

No obstante, la gastronomía de Santillana no se ha limitado únicamente a los platos tradicionales, que también se incluyen en su variada carta, y, aprovechando el tirón turístico de la zona, los cocineros de los restaurantes han exprimido al máximo su imaginación y creatividad ofreciendo originales creaciones culinarias con elementos tan sofisticados como los erizos de mar, el magret de pato, la salsa de chalotas, etcétera.

En cuanto a la oferta hotelera, cabe destacar el enorme esfuerzo realizado por los empresarios de Santillana por adaptar sus instalaciones a los requerimientos del turista, respetando al máximo el ambiente medieval que emana la villa. Desde el Parador Gil Blas, de reconocido prestigio y elegante sobriedad, hasta la posada más sencilla de Queveda, todas las instalaciones hoteleras del municipio tienen garantizada una excelente relación calidad precio, con habitaciones confortables y un trato familiar. El amplio número de posadas, hostales y hoteles que el visitante tiene a su disposición tanto en la villa románica, como en sus localidades vecinas, cumplen al máximo los requisitos acorde a su nivel, con precios asequibles y ofertas para grupos.

El turismo encuentra en Santillana su lugar ideal para disfrutar con los cinco sentidos, ya que todo el recorrido por la villa libera una explosión de sensaciones, desde lo más terrenal, como puede ser el disfrute de un buen chuletón en un acogedor restaurante, hasta el espiritual sosiego que otorga del claustro de la Colegiata. Pero, sin lugar a dudas, otro de los pilares fundamentales del municipio son sus gentes, comunicativas y afables, que convierten la visita en un recuerdo fabuloso y crean en el viajero una palpitante necesidad de regresar.