446 COLEGIATA-SALIDA PROCESIÔÇíN DE SANTAN JULIANA-COPIA

Edad Contemporánea

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En el siglo XVIII, y tras el fracasado intento de convertir la Colegiata en sede catedralicia, en competencia con Santander, la villa quedó en manos de unos pocos hidalgos de linaje con absoluto control económico y político. El dibujo de la sociedad de la época quedaba completado con los omnipresentes clérigos, los campesinos o pecheros, y, por supuesto, los fieles criados de los nobles.
Los años fueron pasando en Santillana sin pena ni gloria, incluso tras la constitución del Ayuntamiento en 1833, hasta una fecha clave en la historia de la Humanidad: El descubrimiento de la Cueva de Altamira en 1879, que también supuso un revulsivo para los habitantes de la localidad.

Investigadores, intelectuales, escritores y artistas de toda índole fomentaron el despertar cultural de la villa con la constitución de numerosas asociaciones artísticas. La impávida atonía que había experimentado en los últimos años se convirtió en un aliciente para poetas y escritores que intuyeron la necesidad de conservar la localidad, por lo que en 1889 fue declarada en su conjunto Monumento Histórico-Artístico.

Nombres propios como Benito Pérez Galdós, José María de Pereda, Menéndez Pelayo, Ortega y Gasset y Jean-Paul Sartre, entre otros muchos, quedaron prendados de la belleza distante, a veces altiva, otras enternecedora, que impregna cada rincón de la villa y dejaron constancia de la huella indeleble que les marcó para siempre. Con cuidados adjetivos y una prosa brillante mostraron una vorágine de sensaciones tras un intenso recorrido por la localidad, porque, tal y como dejó escrito Galdós “Nadie podrá decir: He visto a Santillana de paso. Para verla es preciso visitarla”.

El estímulo de los intelectuales arrastró a Santillana por el camino de la cultura y el turismo y, en el siglo XX, la villa halló su fuente de crecimiento económico en su propio valor intrínseco, que logra atraer a miles de visitantes cada año. En la actualidad la villa sigue inmersa en su bullicio turístico con su hipnótica atracción de visitantes.

Santillana se construyó para ser vista, para recrearse en sus rincones, para disfrutar de los retazos de historia que se escapan con cada pisada, para sorprenderse con el aparente estancamiento del tiempo, para soñar con historias de hidalgos, clérigos y campesinos y, sobre todo, para admirarla, sin más.