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El claustro de la Colegiata

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Cruzar la puerta de entrada al claustro produce la sensación de adentrarse en un remanso estancado de paz. El penetrante aroma del silencio se materializa en todos los rincones de este armónico reducto de belleza y proporción, ordenado simétricamente a través de columnas gemelas con perfectas arcadas de medio punto rematadas por adornados capiteles, que constituyen el principal catálogo de la escultura románica en Santillana.

El claustro de la Colegiata refleja la soledad del espíritu, la atracción de la eternidad y una solemnidad sepulcral no exenta de contenida admiración por la innegable belleza clásica que irradia el conjunto escultórico y arquitectónico.

Las primeras sensaciones visuales revelan cómo las curvas de los arcos parecen retozar con los diferentes tonos de luz, envolviendo los volúmenes de las columnas de misterios y enigmas que pretenden descifrar los trabajados capiteles, datados a finales del siglo XII y finales del XIII, que adquieren un sentido narrativo al representar dos escenas diferentes en forma de friso.

La secuencia de las imágenes ofrece inquietantes relatos bíblicos (la degollación de San Juan, Daniel en el foso de los leones, el sueño de Nabucodonosor, Sansón destrozando al león, la Crucifixión y el Juicio Final) salpicados de motivos vegetales, simbólicos e incluso profanos, que alivian la enorme y turbadora impresión de la penitente carga religiosa que impregna la motivación escultórica de los 42 capiteles.

El recorrido comienza en la parte más antigua de la zona meridional, que se encuentra adosada al templo, donde se pueden apreciar las representaciones del Pantocrátor y Tetramorfos, los apóstoles, y demás imágenes bíblicas, incluido el milagro de los panes y los peces y el Descendimiento. En esta área también se pueden disfrutar los capiteles más profanos como la despedida del caballero o los omnipresentes maniqueísmos de la lucha entre el Bien y el Mal, representados por el guerrero cristiano que mata el dragón (copia de un relieve asirio del s. VI a. De C.), o el buen pastor ahuyentando a los lobos. Entre todos ellos destaca uno que refleja a un caballero enfrentado a un gran dragón, y que se ha identificado con otro muy parecido realizado por el maestro Pedro Quintana, autor de la obra del monasterio de Santa María de Yermo (1203), lo que le ha atribuido la posible autoría de la creación escultórica del Claustro.

Avanzando hacia el oeste se encuentran los labrados con temas alegóricos referidos al Purgatorio, simbolizados con animales fantásticos entrelazados y otros exclusivos de lacería (que se remontan a la tradición normanda o árabe). Por su singularidad, cabe mencionar la representación del Cielo y el Infierno, donde se puede ver pesando las almas (en forma de cabecitas) a San Miguel mientras el Demonio trata de inclinar la balanza a su favor. La galería se completa con capiteles de genuina representación vegetal, simulando cogollos y frutos, hojas de acanto, otras lisas, una especie de paños ondulados, piñas, tréboles, etcétera.

La zona oriental del Claustro, de menor interés, alberga diversas inscripciones sepulcrales extraídas del patio correspondientes a abades, canónigos y nobles, que se pueden identificar a través de sus escudos e inscripciones. También en este área, de construcción posterior, se encuentran diversas capillas funerarias de las familias nobles de la villa, entre la que se resalta la que ostenta los escudos de la familia Polanco, situada en el ángulo suroeste.
La importancia artística, histórica y patrimonial de la Colegiata de Santillana del Mar con su Claustro se reconoció oficialmente en el año 1889, cuando fue declarada Monumento Nacional. Pero, más allá de los títulos legales, el templo en su conjunto es un prodigio de sensaciones, un cúmulo estético de gran pureza y un refugio óptimo para alimentar el espíritu.